Por tercera y última ocasión (por ahora), secundando la convocatoria de paros parciales, un grupo de profesores y profesoras hemos parado en el IES Baltasar Gracián en protesta por los recortes en los cupos y en defensa de la Escuela Pública.
Pese a nuestra intención inicial de desplazarnos al centro de Graus, las inclemencias del tiempo han aconsejado que volviésemos a concentrarnos en la puerta de nuestro centro, donde, en esta ocasión y como cierre de los tres paros parciales, hemos llevado a cabo una asamblea en la que hemos recogido el sentir del profesorado y las principales razones que nos han llevado a movilizarnos.
En primer lugar, el seguimiento de los paros, mucho mayor en primaria, nos ha llevado a pensar que en secundaria hay muchos compañeros y compañeras que no están siendo conscientes de que en cursos próximos padeceremos los fuertes recortes impuestos en primaria, que afectan, sobre todo, a apoyos, atención educativa, etc. y, por ende, a la formación del alumnado y la atención a su diversidad.
En cuanto al impacto en nuestro centro, lo más significativo ha sido la falsa reducción de horas lectivas, que se ha realizado de manera tramposa (para poder obtener así el titular de prensa de que hemos vuelto a las 18 horas lectivas en Aragón) mediante la eliminación de horas que se consideraban hasta ahora lectivas, aunque no fueran de docencia directa (pero que resultaban necesarias para la gestión y mantenimiento de web, biblioteca escolar, apoyos, TIC, etc), y también mediante la exigencia de un mínimo de horas lectivas de docencia directa. Con ello, en la práctica, se mantiene inalterada la alta carga de trabajo que ya padecíamos en cursos previos (se da el caso, en particular, de que la supuesta recuperación del derecho a la reducción del horario laboral en mayores de 55 años no ha supuesto en realidad ninguna disminución real de la carga de trabajo). Todo ello, junto con el mantenimiento de unas ratios altísimas, explica por qué, pese a la supuesta vuelta a las 18 horas lectivas, el cupo, en nuestro pequeño centro rural, se ha mantenido como en cursos previos.
Por lo dicho, concluimos que debería exigirse (para que realmente se pudiera dar la atención personalizada que promueve la legislación educativa) una ratio máxima de 15 alumnos/as por grupo, a lo que añadiríamos la eliminación del mínimo de 16 horas lectivas de docencia directa y, especialmente para el caso de las personas que han de ejercer de tutores, un aumento de las horas lectivas (pero no de docencia directa) dedicadas a esta labor fundamental, máxime teniendo en cuenta la altísima carga de labores burocráticas y la atención personalizada a su alumnado que se les exige.
Por los mismos motivos, consideramos necesaria la contratación de personal de mantenimiento que asegure el buen funcionamiento de todos los medios con los que contamos, labor que se sigue cargando al profesorado en las horas complementarias (en continua disminución), que deberían dedicarse a la preparación de clases y materiales, corrección de exámenes, etc. (que acaban teniendo que realizarse fuera del horario laboral, resultando que nuestra profesión es una de las que acumulan un mayor número de horas extras, aunque totalmente invisibilizadas).
Pero no solo las pésimas condiciones materiales que padecemos están perjudicando a la calidad de la enseñanza. Observamos también que el derecho (recogido en la Constitución) de libertad de cátedra ha quedado conculcado en la práctica mediante una legislación (y en especial por las instrucciones de la inspección que la materializan en una enorme carga burocrática) que nos lleva a anteponer la evaluación a la enseñanza. Así, pese a las buenas intenciones expresadas en esa legislación que, supuestamente, pretende mejorar la labor pedagógica, observamos que, de seguir a rajatabla las citadas instrucciones, que matan todo atisbo de creatividad, acabaremos convirtiéndonos en adiestradores más que en educadores.
En cualquier caso, creemos que es el alumnado el verdadero perjudicado por todo lo señalado. Se engaña a este y a sus familias vendiéndoles una supuesta excelencia educativa y una atención personalizada (pura propaganda) que resultan absolutamente imposibles con las miserables condiciones de trabajo que padecemos.